Venezuela en el abismo del colapso político, bélico y económico
La captura de Nicolás Maduro —ese episodio que ya parece escrito para un documental que mezcle thriller y tragicomedia— no solo ha descabezado al chavismo: ha abierto un hueco en la historia reciente de América Latina. Un hueco que, como siempre, alguien se apresura a llenar. Y ese alguien, según los periódicos estadounidenses, es Donald Trump, que ha decidido convertir a Venezuela en su laboratorio geopolítico más ambicioso.
La escena es casi cinematográfica: Maduro detenido, trasladado, exhibido ante la justicia norteamericana como un trofeo que simboliza el final de una era. Y mientras tanto, Caracas convertida en un tablero donde cada pieza se mueve con torpeza, miedo o cálculo.
La prensa describe un país que no termina de caer, pero tampoco sabe levantarse. El chavismo, sin su figura totémica, se fragmenta entre quienes exigen su liberación y quienes ya están haciendo cuentas para sobrevivir a la nueva etapa. La oposición, por su parte, celebra, pero sin saber muy bien qué hacer con la victoria: la ausencia de Maduro no garantiza la presencia de un proyecto.
Y en medio de ese vacío, aparece Trump con una frase que ya es titular global:
“Estados Unidos dirigirá Venezuela hasta que haya una transición segura.”
No es una metáfora. Es un programa.
Los periódicos estadounidenses coinciden en que Trump no quiere simplemente “ayudar” a Venezuela: quiere administrarla, aunque sea temporalmente. Y lo dice sin rodeos, como quien anuncia que va a reformar una casa que no es suya, pero que lleva años abandonada.
Lo interesante —y aquí la ironía se escribe sola— es que Trump afirma que Delcy Rodríguez podría ser parte de la transición. La misma Delcy que exige la liberación de Maduro y que jura que Venezuela no será “colonia de nadie”. La política tiene estas simetrías involuntarias: los enemigos de ayer se convierten en los interlocutores de hoy cuando el tablero se rompe.
Los movimientos que ya se intuyen (según la prensa, no según la adivinación)
A partir de lo que publican los medios, se dibuja un patrón claro:
1. Supervisión directa del proceso político
Trump no quiere repetir el modelo de “apoyo externo”. Quiere un control operativo, una especie de administración provisional que garantice que el país no se deshace antes de recomponerse.
2. Un gobierno de transición sin figuras “incómodas”
María Corina Machado queda descartada por “falta de apoyos”.
Delcy Rodríguez queda en la mesa por “utilidad estratégica”.
La transición, según esta lógica, no será un acto moral, sino un acto funcional.
3. Presencia militar para evitar el caos
La operación que capturó a Maduro no fue simbólica. Fue un mensaje.
Y la prensa sugiere que Washington mantendrá presencia militar para:
- evitar una guerra interna,
- proteger infraestructuras críticas,
- y asegurar que ningún actor externo (Cuba, Irán, Rusia) meta la mano en el proceso.
4. Reordenamiento diplomático
Estados Unidos buscará neutralizar a los aliados históricos del chavismo.
No por ideología, sino por geometría: demasiados actores externos complican la transición.
Venezuela, una vez más, se convierte en un espejo donde se reflejan las ambiciones de otros. Pero esta vez el guion es distinto: no se trata de un conflicto ideológico, sino de un experimento de estabilización en manos de un presidente que entiende la política como un espectáculo donde él siempre debe ocupar el centro del escenario.
Nota final: La cuestión no es qué hará Venezuela, sino cuánto margen real tendrá para decidirlo. Mientras tanto, Maduro y su círculo más cercano solo pueden esperar que Estados Unidos no termine por responsabilizarlos ni confiscar las fortunas que, según numerosas denuncias, habrían sacado del país y escondido en paraísos offshore.
(*) Articulista