La invasión de los corazones: la lección de Bocacangrejo

Lo ocurrido en Bocacangrejo, un pequeño barrio costero en el municipio de El Rosario es un ejemplo paradigmático de lo que significa el tipo de turismo que sufrimos en Canarias. Pasó de ser un lugar tranquilo a un lugar de peregrinación, atraídos por los corazones que un vecino fue pintando en sus fachadas con el único interés de embellecer su pueblo. Pero estos corazones, publicitados en redes sociales y en medios de comunicación locales, se convirtieron rápidamente en un imán para turistas locales y foráneos que, movidos por el deseo de consumir su paisaje pintoresco y cumplir con la foto, sin más interés que ese devorador y vacío apetito por estar en un lugar, agravaron con su presencia los problemas de accesibilidad o limpieza de este espacio.

Bocacangrejo, sin aceras, sin aparcamientos y con un sistema de saneamiento insuficiente, no pudo resistir la invasión. Es cierto que algunas personas lograron alquilar habitaciones, aprovechando la simbiosis: corazones, tranquilidad y mar; y que algún otro aprovechó para montar un cafetín, pero la inmensa mayoría de los vecinos perdieron su paz y tranquilidad ante la avalancha de visitantes. Ni podían caminar por su barrio ni tenían dónde aparcar. La paz desapareció y con ella la buena convivencia en ese núcleo poblacional, constituido, al parecer, al principio de la guerra franquista por gentes que necesitaban mantener un perfil bajo y discreto ante las autoridades fascistas, y que con el tiempo se había consolidado como un barrio pesquero, al otro lado de la autovía, cercano a la capital chicharrera.

Así las cosas, un día desaparecieron los corazones de las fachadas y, con su desaparición, la excusa para invadir el barrio. La paz ha vuelto a Bocacangrejo pese a las lamentaciones en redes sociales y en algún medio de comunicación. Algunos dicen que fue una actuación del alcalde que ordenó tapar los corazones ante alguna petición vecinal, otros que fue un grupo de vecinos quien tomó la iniciativa de borrarlos, y otros que fue el propio pintor quien decidió eliminar la mayoría para que la paz volviera a su barrio. Sea como fuere, decisión municipal o vecinal, el caso es que Bocacangrejo sigue sin aceras, sin aparcamientos y con un saneamiento deficiente.

Lo que se evidenció es el terrible perjuicio que acarrea el turismo de masas allí donde se asienta. En nuestras islas lo vemos sin darnos cuenta y, ha sido Bocacangrejo, el que nos llama la atención. Así como la tranquilidad del pueblo tinerfeño desapareció ante los invasores, así han invadido nuestras islas la contaminación acústica, de aguas y aire. El paisaje sucumbe ante la piqueta y el cemento. El horizonte se quiebra por hoteles y complejos de apartamentos, y los coches invaden todo, primando la movilidad individual frente a la colectiva. Bocacangrejo es el ejemplo, pequeño pero tremendo, de lo que nos está pasando. El ejemplo de cómo las autoridades prefirieron mirar para otro lado antes de resolver los problemas del barrio y acusar a otros de los problemas que su propia dejadez causaba.

Es el momento de que, entre todos, decidamos qué modelo de turismo queremos, sobre todo para no matar la gallina de los huevos de oro que significa esa industria en Canarias. Entiéndase, no somos enemigos del turista ni predicamos la turismofobia. Pero llamamos la atención sobre la destrucción sistemática de nuestras islas por obra de especuladores, empresarios y políticos que no ven más allá de sus narices. Los mismos que se niegan a poner camas elevables en los hoteles, humanizando el trabajo de las kellys; los que se niegan a cambiar el modelo depredador del territorio, de bajos salarios y explotación. Si continúa la destrucción, la degradación y la contaminación de nuestra tierra, los turistas dejarán de venir. Las lecciones de Bocacangrejo deben servirnos para hacernos reflexionar y luchar contra los enemigos de nuestro pueblo, para reunirnos y levantar entre todos una alternativa sostenible de turismo en Canarias; sin especulación, con sueldos dignos, derechos laborales y ecológicos. Un modelo que se mantenga vigente en el tiempo y basado en los cuidados de las personas y nuestro entorno.

(*) Reunir.