| El 38 Congreso del PSOE acabó y el resultado nos evoca el gatopardismo de Lampedusa que se resume en que “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Lo frustrante es que parece que no ha cambiado nada de nada, ni siquiera el cartel electoral tras la debacle del 20 de noviembre.
Los progresistas estábamos mirando con atención este conclave (algunos con escepticismo), porque militemos o no en sus filas, es evidente que el Partido Socialista tiene el apoyo de una parte significativa de la base social de izquierdas, aunque en los últimos tiempos la fractura en ese bloque social es cada vez más evidente. A mi juicio este Congreso del PSOE no ha resuelto nada, si acaso se han hecho algunos remiendos rápidos antes de las elecciones autonómicas andaluzas y asturianas del 25 de marzo y se han agravado las diferencias personales o políticas existentes en la lucha de poder desatada.
Hemos leído una y otra vez que la crisis provocaba muchas contradicciones, que la socialdemocracia se había quedado sin hoja de ruta ante la presión de los mercados y los especuladores, que el PSOE perdió las elecciones solo por la crisis. Esa es una explicación muy superficial, la realidad tiene más que ver con los efectos devastadores de las políticas de recortes y en la inexistencia de claras respuestas desde la izquierda. El problema es que nadie ha sido capaz de aglutinar y canalizar todas las energías progresistas que se están desatando en la sociedad española. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales para percibir que emerge una nueva izquierda potente, crítica, difusa, más social que partidaria, pero que hoy por hoy se siente huérfana y esta huérfana. Si alguien la representa con lucidez y laicismo en España es Gaspar Llamazares (IU), y en Canarias Juan Fernando López Aguilar (PSOE), pero a ellos también se les ve cada vez más huérfanos en sus respectivos referentes partidarios.
Los recortes aplicados en los últimos años en España y en Europa han provocado un cataclismo sociológico, profundizando en una depresión económica que ha provocado retrocesos en los derechos sociales y el deterioro de las libertades, generando una auténtica involución. Y a pesar de esto, se extiende una conciencia crítica y alternativa, insumisa ante los aparatos partidarios, que exige más democracia, transparencia e igualdad, pero que pocas veces es interpretada políticamente por las fuerzas de izquierda de forma correcta.
La actual realidad debe hacer reflexionar seriamente al mundo progresista, provocando una auténtica catarsis interna en el seno de las formaciones políticas de izquierda, que sobrepase sus fronteras partidarias. El Congreso del PSOE, las dificultades de Izquierda Unida y de los nacionalismos progresistas y la debilidad de los sindicatos y de otros colectivos políticos y sociales, indica que la crisis de la izquierda es al menos tan profunda como la que vivimos en el plano económico y social. Y mientras tanto muchos de sus dirigentes sobreactúan, miran al tendido o simplemente juegan su “papelito” en una función de puro teatro político desprovistos de valores y con la única misión de repartirse miserablemente los despojos y migajas que quedan en el camino.
Ante este estado de cosas debemos corregir de forma decidida los errores porque el futuro de la izquierda dependerá de la capacidad que tenga de conectar con esa base social difusa que existe, pero que hoy por savia salud mental es impermeable ante cantos de sirena, discursos huecos, y eslóganes sacados del marketing político.
¿Y ahora que? A mi juicio la tarea a realizar tiene mucho que ver con convocar una especie de proceso constituyente o estados generales de la izquierda, donde cuente y hable la gente y los aparatos y dirigentes partidarios se callen. Desde el espacio progresista es urgente reclamar la refundación, el protagonismo del tejido asociativo, porque una sociedad desvertebrada y acrítica es una sociedad muerta. El 15m nos ha demostrado que existen ganas, y que lo que falla estrepitosamente son los cauces para la adecuada expresión política de esas voces trasversales que reclaman cambios y justicia social. Por eso, hoy más que nunca, toda lucha global o sectorial contra los recortes que se nos intenta imponer, permite crear zonas de rebeldía e ilusión colectiva frente al actual caótico orden de cosas.
En la izquierda política todavía estamos a tiempo, habrá que desandar caminos incorrectos, renovar estructuras y poner en un segundo término partidismos y protagonismos estériles. Los hombres y mujeres progresistas debemos iniciar un profundo proceso de reflexión que nos permita cumplir la función social que tenemos encomendada, y para eso debemos mirar la estela del 15M que sigue siendo un movimiento social interesante y esperanzador para cambiar la política.
Algunos dirán que eso ya pasó, que el 15M está agotado. En absoluto, como el mayo del 68, ha sedimentado su ideario en las conciencias individuales y ha generado una opinión pública (que no publicada) que tiene mucho que decir en el presente y en el futuro, y que quiere ser dueña de su destino, sin tutelajes esclerotizados.
(*) Concejal de xTF en el Ayuntamiento de Santa Cruz
|